LA (DES)GRACIA DE SER JOVEN EN ESPAÑA

Ser joven en España debería estar remunerado. Y no, no me refiero a que nos den una paga por no hacer nada. Pero no creo que hace 30 años ser joven en este país fuera tan difícil. Todo empieza a la hora de enfrentarse al mundo laboral una vez terminas los estudios. ¿No os encanta que pidan experiencia para absolutamente todo tipo de trabajos? Maravilloso. Porque en lo que uno estudia su carrera suele trabajar en tres empresas distintas, cosa que me pasó a mi y que me permitió salir de los estudios con un puesto de directivo – nótese una sutil pero hiriente ironía -. Vamos a echar cuentas: 4 años de Grado – ¡con suerte!-, 1 año y medio de máster, y contando que hayas empezado tus estudios universitarios con 18, que si hiciste un Grado Superior ya empezaste con 2 años de retraso. Ya vamos por los 25 años y medio. Si te piden una experiencia mínima de 5 años en el mejor de los casos, y no tener más de 28 años, ¿de dónde saco yo tanto tiempo de trabajo? Sublime.

Pero hay algo mucho peor que encontrar trabajo a nuestra edad: independizarse. Ese sueño que todos tenemos de irnos del hogar y de emprender nuestro camino en solitario. Siempre se barajan dos opciones: irse lo antes posible encontrando un trabajo nada relacionado con tus estudios que te aporte suficiente dinero como para irte, o ahorrar habiendo encontrado un trabajo relacionado con tus estudios – otra muestra de ironía hiriente -. La opción que siempre gana, lógicamente, es la primera. Y ahí vuelve a aparecer la pesadilla de ser joven, ya que esa buhardilla que te ha enamorado, coqueta, en plena calle Fuencarral, luminosa y acogedora sí, lo es, y sus 15 metros cuadrados también lo son, porque cuando llegas al piso y lo ves te preguntas quién es el artista que hace las fotografías para las páginas web de búsqueda de piso porque deberían contratarlo para las exclusivas de los famosos en las revistas. Esa luminosidad anunciada existe, existe gracias a unas lámparas de la época franquista que dudas si dan más luz o pena. Pero no has encontrado otra cosa mejor. Ya tienes casa.

Y sí, hasta aquí el plan tampoco es que haga demasiadas aguas. Pero uno tiene que comer, pagar facturas, limpiar… y hablar con la que será nuestra mejor o peor amiga según el año fiscal: la Agencia Tributaria. Porque nadie, absolutamente nadie, nos enseña en nuestros años mozos a hacer esa cosa que llaman Declaración de la Renta. Te sientas frente al ordenador y lo único que ves son números y casillas por encima de tus posibilidades. Y aquí hablo de manera literal, ya que si encima vives en una gran ciudad, todo, absolutamente todo, va a ser por encima de tus posibilidades. “No tendréis queja los jóvenes, que en Madrid tenéis el Tranpsorte Público por 20 euros al mes… ¡Y podéis ir hasta Toledo!”. Sí, tengo queja, ya que ahora la crisis de los 30 gracias a este Abono Transporte se ha adelantado a los 26, edad a la que, por cierto, también dejas de ser joven para los bancos. Ni hablar, cómo no, una vez cumplida esta edad, de sacarte el carnet de conducir. No solamente es gastar dinero en gasolina, sino también en aparcamiento, porque en el caso de mi ciudad, Madrid, si quieres aparcar gratis o esperas al fin de semana y conduces durante 5 días, o te vas hasta Brunete.

Y todo esto sería mucho más fácil de llevar si no existiesen las reuniones familiares donde muestras al mundo cómo te va en tu independencia. Aquí es donde agradeces a la existencia ser soltero, ya que si tienes pareja, no solamente pretenden que te cases, no. ¡Quieren que tengas hijos! Pero cómo vas a traer al mundo a una criatura que va a sufrir tanto en tan poco tiempo de vida. ¿Os imagináis todo lo anterior, pero con niños? Si no sabes hacer la Declaración de la Renta para ti solo, ¿cómo la vas a hacer con un crío? Siendo para nosotros solos ya tememos cuando la hacemos que nos deporten a Guantánamo por fraude, con un niño seríamos capaces incluso de entregárselo a la Agencia Tributaria por si en alguno de los pasos hemos metido la gamba.

Ser joven es duro, y debería estar retribuido, o al menos, deberían darnos un manual de supervivencia al cumplir los 18. Eso, o que nuestras madres nos cuenten ya de una vez cómo saben hasta solucionar la crisis Griega sin que les tiemble una pestaña. Más por ellas que por nosotros, que sus pensiones dependerán del número de bebés que entreguemos a la Agencia Tributaria para que todo lo que nos hayan retenido en ese trabajo de nuestra vida en el que estamos metidos sea correcto, y no nos desahucien de esa maravillosa buhardilla de estilo romántico y bohemio. De lo contrario, no nos quedará otra que vivir en nuestro coche como hace otra mucha gente. Yo, de hecho, vivo en el mío. Es práctico, cómodo no tanto, pero bueno, en espacio no se diferencia mucho de la buhardilla de Fuencarral. Si queréis hablar más profundamente conmigo de cómo llevar mejor esto podéis encontrarme de lunes a viernes en Brunete, y los fines de semana por Madrid. Y así os cuento cómo voy sobreviviendo a mi juventud. Bendita madurez, y que lleguen ya los 40, que son los nuevos 20.

David Marañon

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De pequeño no sabía lo que quería ser, lo único que hacía era no perder el tiempo. Con casi 25 años actúo igual, sin profesión fija pero con ganas de hacer cualquier cosa.

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