SOBRE CÓMO MARLON BRANDO Y BERTOLUCCI ABUSARON DE MARIA SCHENEIDER

No hay remedio, parece.

“No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”

Rescato una frase que se le atribuye a Jiddu Khrishnamurti, escritor y orador en materia filosófica y espiritual del siglo XX. Y es, quizá por eso, que Maria Schneider no supiera bien cómo continuar en la cotidianidad de su vida después de denunciar haber sufrido una violación por parte de Marlon Brando. No ocurrió en un camerino, ni después de unas copas, sino que fue en un ambiente de trabajo, siendo algo que ha quedado grabado para la posterioridad.

Él, una figura internacional del cine, la voz de la experiencia, alguien importante. Ella, una joven de 20 años, una voz nueva, hay quien dice que virgen por aquél entonces.

La escena es escalofriante dentro del ámbito de la ficción y de lo audiovisual, pero lo es más partiendo desde una mirada que ahora se despeja real, puesto que, según declaraciones de Bernardo Bertolucci (director del filme) hace apenas 3 años, “esta escena es [fruto de] una idea que tuvo con Brando esa mañana antes de filmarla”. Idea de la que María no tenía constancia, puesto que lo que buscaban era “su reacción de niña y no de actriz”, que reaccionara al acto de “humillación”.

Las declaraciones reconociendo su culpabilidad y no-arrepentimiento, no tienen desperdicio:

Marlon Brando en la escena no sólo viola a Maria Scheneider, sino que también impone su voz obligándole a repetir las salvajadas que traen, consigo, un discurso de dominación, moralizando sobre el sistema de valores de la sociedad, mostrando su soberanía como hombre, blanco, occidental y con estatus. Así acalla la voz de María, haciendo apología de la violación, enseñándole a la víctima que hay todo un entramado sociocultural que está detrás de ese repulsivo acto, que lo publicitaprotege e incluso que lo predica.

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Son innumerables las ocasiones en los que la segunda voz (la de las minorías) es aplastada por la voz predominante, y esto queda reflejado en historias de nos conmueven y en otras nos hacen reflexionar.

Pero, ¿qué esperábamos?

El Estado, valiéndose de la Iglesia y su sistema de valores, ha conformado una doctrina del poder estructurada de forma triangular en 3 referentes básicos: familia, moral y tradición, y todo ello articulado en torno a la figura del patriarcado, que es germen y base. Todo lo que está dentro de este triángulo es correcto, está permitido y tiene un sentido. Pero, ¿y lo que se encuentra fuera? Hablo de modelos de familia distintos al permitido por la Iglesia; de las nuevas realidades que surgen desde la liberación del “yo” como individualidad, que abren un amplio abanico de matices, de posibilidades, de sujetos únicos dentro de una sociedad.

Es así como el Estado, usando la estructura socio-cultural creada, genera una dinámica de retroalimentación de lo ya establecido en virtud la perpetuación del propio sistema. Esto origina un comportamiento endogámico de lo correcto/aceptado/tradicional, que rechaza todo lo que se sale de dicha estructura triangular. Es por ello que da voz a quien le interesa, y deja fuera a aquellos que se escapan del discurso general: feminismos, movimientos LGTB+ (que, por cierto, deberían ir más de la mano), inmigrantes, discapacitados psíquico/sociales/físicos…

Rescatando otra vez las palabras de Jiddu Khrishnamurti, esta vez en El libro de la vida:

“Si hemos de crear un mundo nuevo, una nueva civilización, un arte nuevo, no contaminado por la tradición, el miedo, las ambiciones, si hemos de originar juntos una nueva sociedad en la que no existan el «tú» y el «yo», sino lo nuestro.”

Y es que creo que el principal problema es la falta de empatía y el egoísmo (mencionado en la escena de El último tango en París) en una sociedad violenta. Si Brando hubiera pensado en cómo se sentiría María, quizá no lo hubiera hecho. Si no se hubiera preocupado por sus ambiciones y necesidades, quizá no lo hubiera hecho.

Para finalizar, quería daros un dato más sobre Maria Scheneider. Quizá no es relevante, pero sí significativo. En 1996 participó, a las órdenes del director Frango Zeffirelli, en el rodaje de Jane Eyre (una de las primeras novelas feministas de la historia de la literatura). Pero no lo hizo como la protagonista, sino como Bertha, un personaje secundario. Quizá haber encarnado a Jane Eyre en persona le podría haber servido para gritar NO a la cultura machista, y con ella a Bernardo Bertolucci y a Marlon Brando, pero parece ser que ni eso le dejaron.

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