QUÉ PASA SI DEJAS TWITTER E INSTAGRAM

No, no soy Kim Kardashian. Tampoco soy Selena Gómez. Tengo bastantes pocos seguidores en Twitter (@david__maranon), unos cuantos más en Instagram (@david.zasca), pero vamos, que no soy influencer, no soy Twittero y no se me conoce por mi fama en RRSS. El caso es que quería probar una cosa, algo que no sé si a la gente que entró al trapo le va a molestar: fingí que me iba de las redes. A todos les dije lo mismo: estoy cansado, esto no es lo que era, hay mucho drama, hay mucha mala noticia… ¿Con qué fin? Pues bien, quería saber lo que implica dejar el mundo de la interacción digital cuando hoy en día hacemos tanta vida en ellas. Y he sacado una conclusión muy clara: la vida la tenemos fuera de las pantallas, no en ellas.

Parece que irse hoy en día de Twitter, Instagram y derivados es una completa locura. La gente no entendía mi decisión, pero la respetaba. Cualquiera diría que me iba a vivir a México, pero no. Iba a seguir en mi casa, en mi barrio, con mi gente y el resto de mis amigos. Simplemente, iba a terminar de vivir a través de mi móvil y ordenador. ¿Pasamos demasiado tiempo encerrados en 140 caracteres? ¿Realmente conocemos a la gente con la que interactuamos? Por algunas personas sí que me daba pena abandonar las redes sociales, y reconozco que estoy haciendo grandes amigos a través de ellas. Pero a la mayoría no les conozco ni en persona, no he tenido conversaciones realmente largas con ellos y lo que muestro de mi vida no les sirve para conocerme realmente como para que puedan apenarse porque me vaya. A cualquiera le podría molestar que fuera algo indiferente el hecho de que abandone todas esas cosas. A mí, me pareció completamente normal.

No esperaba ninguna interacción, y me sorprendieron algunas de ellas. Pero me da pena pensar que volcamos tanto nuestra vida en las redes que le importamos a gente que prácticamente ni conocemos de una manera un tanto extraña. Es como si te vas de tu casa, y tu vecino con el que cruzas dos palabras, te pida la nueva dirección de tu casa para seguir manteniendo el contacto. Ambos sabéis que no vais a volver a hablar en vuestra vida. ¿Para qué hacerlo? Pues esto es lo mismo. Creemos ser amigos de los que son seguidores, que sabemos su vida o que le importamos. Pero más allá de 140 caracteres, son solamente muy pocos con los que mantienes relación. ¿Y el resto? Meros observadores de lo que escribimos, pensamos o compartimos. Como si fuésemos a comprar el pan con 200 personas detrás esperando a que alguna de ellas diga que le gusta lo que estás haciendo. Es muy bizarro.

Por eso no hay consecuencias negativas de dejar las redes sociales. Siempre tendrás forma de mantener el contacto con la gente, te ahorras el contar tu vida, no contarla o preocuparte de tener tus cuentas activas para no perder seguidores, seguidores que la mitad no han interactuado contigo en la vida. Como bien se dice, nuestros padres sobrevivían sin redes sociales, sin smartphones y ahí les tenemos, avisándonos de que no son el Banco de España. Y sí, han sido formas de educar distintas, pero al final, todo depende de hacer amistades que te den un abrazo cuando más lo necesites, que te saquen de casa a tomar unas cañas y con las que pegarte la fiesta madre. Le damos una importancia a las redes que, fuera del ámbito laboral (motivo por el que yo no las dejo), no la tienen. ¿Que tu cara va a dejar de tener likes? ¿Que ya nadie más va a ver lo que estás comiendo? Es que nadie te pide ni que subas una cosa, ni otra. Y al final, que dejes o no las redes va a tener la relevancia que le des tú a ellas en tu vida. Y cuanto más las uses, por extraño que parezca, menos va a importar que te vayas. Así que si pensáis dejar las redes sociales como propósito de año nuevo, hacedlo. Que no os de miedo, que podréis seguir informados sin ningún problema. Y si decidís seguir en ellas, por favor, hagamos que vuelvan a ser el sitio que eran antes. Lo recomienda la OMS. Y Esperanza Aguirre.

 

David Marañon

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De pequeño no sabía lo que quería ser, lo único que hacía era no perder el tiempo. Con casi 25 años actúo igual, sin profesión fija pero con ganas de hacer cualquier cosa.

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