AMOR Y FLUJO

Me llamo Juan Carlos. Tengo 26 años, y llevo los mismos buscando el amor. O eso creía, claro. Todo empezó en párvulos, cuando con cinco años tuve cuatro “novias” (Podemos decir, que yo era una versión naif y precoz de Maluma). Lo dejamos. En primaria invité a salir a una amiga, bajo petición popular. En un año de ‘relación’ solo hablamos dos veces: el día que le pregunté si quería ser mi novia, y el que le dije que mejor no. Y llegó mi amor de pre-adolescencia: Lidia. Su nombre en la agenda, en la mesa, en la contraseña del Messenger: aquello era amor de verdad. Nunca lo supo. Y si lo supo, se hizo muy bien la despistada. Me rompió el corazón. Y claro, llegaron los 16 (y los 17, 18, 19…), con su correspondiente revolución sexual: Manu, Albert, Alberto, Salva, Víctor, Javi, Xavi, Xavier, Carlos, David… y un sin fin de etcétera. De todos ellos (y ellas) creí haberme enamorado un poco. No como en las películas, ni como en los libros, pero sí con la intensidad y el dramatismo que el romanticismo clásico precisan, con sus lágrimas y sus densos textos poéticos, posteados en Fotolog, Facebook e Instagram, según la evolución de los tiempos.

Mi récord de enamoramiento, en relación espacio-temporal, ha sido de tres minutos: exactamente dos paradas de metro de la línea 5. En cuestión de duración real, mi (no)relación más longeva es de dos meses. Y si pienso en la idea romántica del amor sufrido: un año; Un amor real, de cigarro por la ventana mientras el horizonte se te empaña y las lágrimas te resbalan por todo el cuerpo. Si eso no es amor de verdad, dime tú qué lo es.

A la pregunta de: ¿Qué es el amor? Juan Carlos ha respondido: no sabe/no contesta. Y eso es… VERDAD (Merdad, que decían realmente en este programa de televisión). No sé lo que es el amor, y quién lo sabe. Lo he conocido de muchas formas desde que nací. Amor a la familia, a los amigos, amor del amor de cuento, a uno mismo… Y desamor en las mismas variantes. Pero sin embargo, soy incapaz de dar una definición clara de este sentimiento. Sobre todo bajo el concepto ‘pareja’; ahí ya me encuentro como pollo sin cabeza, dando bandazos sobre mis propios recuerdos.

Sin embargo, estando en la Universidad (donde tampoco me enamoré, aunque lo creí) un profesor me habló de un filósofo que me haría entender(me) algo mejor: Zygmunt Bauman. El autor, recientemente fallecido, estudió sobre las relaciones en la modernidad-posmodernidad, y cómo el individualismo del ser humano ha llevado a cambiar los vínculos entre las personas, convirtiéndolos así en conexiones caducas. Hablaba de mí, como el horóscopo del 20 minutos, o la canción de Love of Lesbian que me ponía cada domingo. Porque todos sabemos, que cuando nos interesa: las cosas hablan de nosotros. Y así lo expuso en Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, libro que recomiendo con fervor.

Se acabaron las relaciones, y dimos paso a las conexiones. Conectados. Una especie de cables diminutos, invisibles, que nos entrelazan y que anudamos a otros, pero con la destreza suficiente para poder deshacer el lazo en el momento que nos interese. En un tiempo en el que no somos capaces de mirar un vídeo de 15 minutos, porque nos parece muy largo; cómo vamos a mantener una relación duradera, con la consiguiente pérdida de la emoción de lo novedoso.


Queremos cosas nuevas, constantemente. Impulsos. No perder el tiempo en esperar lo mismo de siempre. Y eso nos lleva a la individualidad de nuestra era: ‘Yo, yo mismo y mi coño’. Tenemos 3812 amigos en Facebook y 554 seguidores en Instagram, pero estamos solos frente a nuestro aparato electrónico posteando lo feliz que es nuestra vida (o lo desgraciada, según tengas el día).

Y lo queremos todo. Todo y ya. Como dijo Ralph Waldo Emerson: ‘Cuando uno patina sobre hielo fino, la salvación es la velocidad’. ¿Y qué hay más frágil que el amor?
Quiero conocerte, contarte mi vida, que me cuentes la tuya, follar de todas las maneras y en todos los sitios posibles, que nos vayamos a cenar, a viajar, a vivir juntos… para poder cuanto antes encontrarte los defectos, llorarte como nunca antes (Esto es… mentira) y volver a empezar.
¿Y qué aprendemos de esto? Vosotros no sé. Pero mi conclusión siempre es la misma: no quiero perder el tiempo. No quiero regalárselo a alguien que después lo vaya a desmerecer. Pero lo hago, una y otra vez. Porque tenemos la necesidad de amar, con intensidad e inconsciencia. Tropezar 554 veces en la misma piedra, una por seguidor. El amor líquido es eso, navegar a millones de nudos, todo a estribor (o cómo se utilice esto). Dar mucho, recibir más y pasar página lo suficientemente rápido para que no cale demasiado hondo. Jabón líquido, que se sopla y se transforma en una burbuja cada vez más grande, que brilla y vuela, para después explotar. Y todo esto en pocos segundos.

Tengo casi 27 años, y sigo sin saber qué es el amor. Y lo sigo buscando. De la misma forma que con Lidia, Juan Carlos, Salva, Javier… Para después enviarlo al rinconcito de historias terminadas, y clasificarlo junto a los textos de amor que dediqué a cada uno de ellos. Pero por si acaso, no vaya a ser que venga de verdad, al próximo que quiera aparecer que lo haga en porción sólida. Y ya, entre abrazos y peleas, decidir yo si lo fundo y lo lanzo al mar, o me lo guardo enterito; hasta nuevo aviso.

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