¿CÓMO DECIR ADIÓS?

Que alguien detenga tus pupilas…
se emborronan con dolor, te alejas con torpeza.

Adiós, Zahara (2011)


Nunca he sabido cómo decir adiós. Y eso que podría resumir los últimos años mediante despedidas y reencuentros. No es fácil cerrar un libro, que termina antes de que hayas podido escribir las páginas que habías recolectado en el tiempo. Y tenía razón Risto Mejide cuando dijo que: “Crecer es aprender a despedirse”. Será que hay noches que aún viene a visitarme Wendy por la ventana y me dice que estoy mejor en Nunca Jamás.

Hace ya casi siete años que abandoné mi tierra para venirme a Madrid, con la maleta cargada de ilusiones. Aunque el verbo ‘abandonar’ no termine de convencerme en esta frase. La dejé ahí, en el mismo sitio en el que estaba, y es que tantas veces he sentido que al volver todo seguía igual. Pero aquél día, el que cogí un avión solo por primera vez, para comenzar una serie de aventuras en solitario, un trocito de mi mundo se quedó en aquél aeropuerto. Como me dijo mi hermana tiempo después: “Te vi cruzar las puertas del control, y volviste a tener tres años, y me mirabas con ojos de niño… ahí estaba mi niño, otra vez”. Lo mismo ha ido pasando con amigos y conocidos a lo largo de estos años. Gente que viene y que va. Despedidas en la estación de tren al volver de un Erasmus, o tras un reencuentro maravilloso en nochevieja. El abrazo de unos padres que esperan volver a verte pronto. La larga lista de amores que pudieron ser y no fueron. Las lágrimas de tus sobrinos al saber que vas a estar unos meses sin verles… Todos estos momentos que nos convierten en una especie de pastilla efervescente, un Eferalgan, y que nos deshacen por un momento.

Coger el tren. El avión. El coche. Darse la vuelta. Otro lugar. Ya pasó.

La suerte de todos estos ‘adiós’, es que volverán a tener un ‘hola’. En cambio, hay veces que tienes que enfrentarte a la despedida definitiva. E igual sí, en ese instante, es cuando sientes que te has hecho mayor. No es fácil tener que despedirse de un ser querido, saber que hay situaciones que no se volverán a compartir, y que probablemente no podrás volver a mirar a esa persona a los ojos.

Por ese adiós, por la muerte que es el final de todas nuestras biografías, empecé a leer diferentes libros que hablaban sobre ello. Para ver si a todos, nos afecta de la misma manera. Y para intentar entenderlo.

La ridícula idea de no volver a verte, Rosa Montero

Rosa Montero, escritora y periodista de la que ya hablé en un artículo anterior, perdió a su marido siendo muy joven por culpa de una enfermedad. Como Marie Curie, que enamorada ‘hasta las trancas’ de Pierre, tuvo que enfrentarse a la dura despedida de su marido y el cuidado de sus hijas.

El verdadero dolor es indecible. Si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte: eso significa que no es tan importante. Porque cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la palabra”.

Montero encuentra las palabras que le faltan en los textos de Curie, y así, conocemos el sufrimiento y el duelo de estas dos mujeres que tuvieron que decir adiós al amor de sus vidas.

La invención de la soledad, Paul Auster

El padre del conocido autor norteamericano falleció inesperadamente. Por ello, decidió escribir este libro dividido en dos partes: ‘Retrato de un hombre invisible’ y ‘Libro de la memoria’, donde hace un homenaje a su progenitor y a la vez habla de la influencia del destino y las casualidades en nuestra vida.

Miro la hora en su reloj, uso sus jerséis, conduzco su coche; pero todo ello no me brinda más que una falsa ilusión de intimidad, pues ya me he apropiado de todas estas cosas. Mi padre ya no está presente en ellas, ha vuelto a convertirse en un ser invisible. Y tarde o temprano las cosas se romperán o dejarán de funcionar y tendremos que tirarlas a la basura. Dudo que eso tenga la más mínima importancia”.

Y tú no regresaste, Marceline Loridan-Ivens

La autora y su padre fueron deportados en el mismo tren al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau en 1943. A sus 87 años, le escribe una carta abierta; donde cuenta todos los hechos que la hicieron crecer desde los 15 años, donde se separaron sus vidas.

Me siento la heredera engañada de tus ilusiones, una prolongación de ti, el hijo nacido de tu fuga. Tú soñabas con América; pues bien, la primera vez que fui a Nueva York la ciudad me inspiró, no quería abandonarla y comprendí que estaba prosiguiendo tu exilio.”


¿La conclusión? Que no hay un duelo común. Pero existe. Y todas las despedidas que no tenemos, y las que sí, nos acompañarán a lo largo de nuestra vida. Por eso me niego a decir adiós, y desde la primera vez que salí con las maletas por la puerta de casa me dediqué a decir: “Hasta luego”. A todos. Incluso a los que sabía que no volvería a ver. Porque de esa forma, siempre quedaría abierta la posibilidad de volver a encontrarnos.

You may also like...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *